La palabra de Ivar Matusevich: Pep Guardiola y José Mourinho, ¿El Ser y La Nada?


“Al metafísico corresponde la tarea de decidir si el movimiento es o no una primera “tentativa” del en-sí para fundarse,
y cuáles son las relaciones entre el movimiento como “enfermedad del ser”
y el para-sí como enfermedad más profunda, llevada hasta la nihilización” (Jean-Paul Sartre, El Ser y la Nada”).

Por lvar Matusevich: Follow adrianboullosa on Twitter

En nuestro país, el fútbol se ha tomado como una mera actividad lúdica cuando es mucho más a pesar del intento mediático para trivializarnos recurrentemente.

Muchas veces, intentamos definirnos a través de las experiencias de otros y/o pensamientos que, inconscientemente no reconocemos como hegemónicos, es decir, como parte intrínseca del poder mismo. ¿Qué es el pensamiento hegemónico del poder? Simplemente aquel que, para lograr sus objetivos no repara en las formas. En resumen, la no ética.

¿El fin justifica los medios o son los medios el fin? Para José Mourinho, resumiendo el dilema, la síntesis vital de lo que somos la explica aquello que hemos ganado y poco más. Idealismo práctico del que nada tuvo, se sopesa entre las cortesanías mediáticas de turno y se lanza como dardo envenenado hacia todo aquello que no defiende la hegemonía sino la simple libertad para pelear por lo que uno cree. Pragmatismo versus Convicción, el fin en sí mismo contra las formas como el objetivo de la búsqueda.

No sabemos si José Mourinho lo sabe o si es una simple víctima y soldado -a la vez en su bipolaridad- de los tiempos que corren. Se vacían los contenidos, se pierde la vergüenza y el sentido ético con el todo vale, y las cortesanas del verbo –perdón la redundancia- apoyan la tesis del facticidio, neologismo destinado a nominalizar aquellas conductas que falsean los hechos para favorecer la supremacía del poder reinante: es el asesinato del contexto para premiar la parte sin ámbito de referencia.

Dicho esto, se suceden, como en las viejas y canallas historias que amordazaron las democracias aquí, allí y en todo el mundo que deseó ser libre, las objetivaciones totales y absolutas del discurso, al mejor estilo Joseph Goebbels. Ya no es una cuestión de ignorar el todo, sino que se repite y bastardea la esencia del deporte para justificar sin debate alguno, el fracaso propio y cuando digo propio, me refiero a los vicios que comparten sujeto y cortesanas: imponer a toda costa la costumbre de siempre.

José Mourinho es un gran entrenador más allá de su estilo –por cierto, ¿cuál es?- pero encarna el verdadero peligro de nuestra sociedad: ganar como sea, gana sólo uno, los demás no sirven. Ese es el axioma de Mou cuando vence y si no lo hace, al mejor equipo de cuantos hayamos visto lo intenta salpicar de ignominias que sólo lo retratan a él.
Tampoco dudó en apuntar el dedo hacia la afición merengue, la sana, la que va a ver un espectáculo porque el Bernabéu siempre fue un teatro, La Scala del fútbol y no el campo de batalla vergonzoso en el que han querido transformarlo más de una vez. Mou elige y se queda con el grupúsculo del fondo sur, los de la simbología del odio y la intolerancia -los fascistoides, para que nos entendamos-.

Nadie puntualiza a Mou, nadie lo silencia y el que calla, otorga. Mou es el Emperador de un gigante confundido que eligió este camino e intentó defecarse en la memoria del “inútil” Vicente del Bosque –otro grande de nuestro fútbol y sociedad-. Ellos sabrán.
¿Por qué tantas palabras para definir a José Mourinho? ¿Es que representa una obsesión o envidia, como también acusan a quienes osamos diseccionar al personaje? No son esas las razones, sino que de la opacidad es mucho más complejo obtener elementos estudiables, interpretarlos y entender ese mundo al que nos referimos. Debemos explicar la cloaca en la que subsistimos a partir de un protagonista referente. Ése es el objeto.

Por el contrario, Pep Guardiola representa la diáfana exposición de una filosofía de vida clara, de búsqueda y encuentro con el conocimiento de otros, con otras disciplinas. Se ha nutrido del poeta del pueblo Marti i Pol (“cuando el deseo reclama plenitudes, desde la intensidad de una mirada”, escribía), y del horizonte de la duda. No es sólo un entrenador y representa la excepción que no es otra vicisitud que el encuentro de las formas como único objetivo.

Es el ser idea para conseguir el todo, nunca el fin para llegar al vacío: ¿qué es sino un espacio yermo, el resultado ocasional? El porvenir es lo que vendrá, pero somos dueños de construirnos como pensamos que debemos erguirnos ante la inoculación del pragmatismo más cruel que nos lleva a la nada, a eso que Sartre llama nihilización.

Josep Guardiola i Sala, ser ético y hombre de nuestro tiempo, pero también una excepción. En la rutina se basa la excelencia del trabajo expuesto en el campo de juego, y en su propia contemporaneidad se muestra comprometido con su país, su gente, su cultura, su lengua y el mundo que nos incluye a todos lo cual, precisamente, molesta al poder hegemónico que tampoco será eterno.

Apasionado defensor de la pasión por su actividad, creativo para imaginar lo que será y si no es, lo cambia, y un reflejo de lo que el deporte y la sociedad deberían encumbrar, el Señor Pep Guardiola es un honor para todos, un exponente extraordinario de lo que, probablemente, no se vuelva a repetir.

Mientras tanto, otros buscan las sombras que no existen en el barro de las trincheras de turno que hoy reclaman, con la falsa convicción de los conversos, como suyas. Ni siquiera son los dueños del discurso y eso los denigra a la vez que a otros los dignifica exactamente lo opuesto. Pep Guardiola y José Mourinho, el Ser y la Nada.

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